jueves, 1 de enero de 2026

Lisboa en familia y con nuestra perrita Mila: un recorrido pet-friendly entre historia, miradores y sabor atlántico .


Lisboa en familia (y con Mila🐕‍🦺 ): Día 1 entre historia, miradores y esencia lisboeta

Viajar a Lisboa es viajar a una ciudad que no se deja definir fácilmente. Es moderna y antigua a la vez, luminosa pero algo decadente, elegante y popular, tranquila y vibrante. La recorrimos en familia —mi pareja, nuestro hijo mayor y nuestra inseparable perrita Mila, una podenco curiosa que no se perdió nada— y nos conquistó desde el primer momento.



Llegada a Lisboa: el primer impacto

Entrar en Lisboa cruzando  ePuente Vasco da Gama es toda una declaración de intenciones. 
El Puente Vasco da Gama con más de 17 kilómetros, es el puente más largo de Europa y una de las grandes puertas de entrada a la ciudad. Al atravesarlo, el río Tajo se abre inmenso a ambos lados y, desde lo alto, ya se intuye la grandeza de Lisboa recortándose a lo lejos.

A la izquierda aparece la zona moderna creada para la Expo de 1998, hoy conocida como Parque das Nações: edificios contemporáneos, amplias avenidas y una Lisboa totalmente distinta a la postal clásica. El acceso es un auténtico entramado de autopistas, con hasta tres carriles por sentido, que nos conduce casi sin darnos cuenta hacia Amadora, el barrio donde nos alojamos, a las afueras de la capital.


Día 1 – El corazón histórico de Lisboa

De Amadora al centro: Estación de Rossio

A la mañana siguiente tomamos el tren desde Amadora y, en apenas 25 minutos, estamos en pleno centro.

La Estación de Rossio (Lisboa) es un ejemplo muy representativo de la arquitectura del hierro de finales del siglo XIX y suele vincularse al constructor eiffeliano, aunque no fue diseñada por Gustave Eiffel. Su relación con Eiffel se da más bien por la influencia de su escuela y de la ingeniería metálica francesa de la época.

Llegar a Lisboa por la Estación de Rossio ya es una experiencia en sí misma.
Este edificio histórico, con su espectacular fachada neomanuelina y su estructura de hierro, parece sacado de otra época.

Nada más salir, Mila observa todo con atención, especialmente a las palomas, que parecen provocarla a cada paso 🐕‍🦺.



Plazas, calles y primeros iconos


Comenzamos el recorrido en la Plaza de Rossio, uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Hay mucho ambiente: músicos callejeros, turistas, lisboetas charlando y terrazas llenas desde primera hora. El suelo ondulado de piedra blanca y negra es ya una seña de identidad portuguesa.


Desde aquí caminamos hasta el Elevador de Santa Justa, uno de los iconos más reconocibles de Lisboa.

El Elevador de Santa Justa (inaugurado en 1902) no fue diseñado por Gustave Eiffel, pero sí por uno de sus discípulosRaoul Mesnier du Ponsard Ingeniero portugués Alumno y colaborador de Gustave Eiffel

A su alrededor aparecen los primeros tranvías amarillos, perfectos para las fotos.
Y una sorprendente cantidad de tuk-tuks, esos pequeños taxis tan curiosos que recorren sin descanso el centro histórico.

Seguimos hacia la Plaza da Figueira, amplia y abierta, dominada por la estatua de Juan I .

Y  continuamos hasta la Plaza de los Restauradores, siempre animada, llena de bares y restaurantes. 

Esta plaza conmemora la restauración de la independencia de Portugal en 1640, tras sesenta años de dominio español.

Desde aquí arranca la elegante Avenida da Liberdade, el gran bulevar lisboeta. Llama especialmente la atención su suelo adoquinado, tan característico .

Y la presencia de impresionantes tiendas de marcas internacionales, que conviven con cafés históricos y edificios señoriales. Es una avenida amplia, arbolada y muy agradable para pasear, un contraste perfecto con las calles estrechas del casco antiguo.

 Muy cerca se encuentra el Jardín Botánico, un oasis verde perfecto para una pausa tranquila.

La avenida nos conduce hacia el Parque Eduardo VII, el mayor parque urbano del centro de Lisboa .

Desde lo alto se obtienen vistas alineadas sobre la avenida y el río al fondo, una perspectiva muy fotogénica que marca el inicio de nuestro ascenso hacia las colinas.



Subida al castillo: miradores y cuestas



Lisboa se descubre andando: calles estrechas, empinadas y adoquinadas, fachadas de azulejos, ropa tendida en los balcones y ese aire auténtico que la hace tan especial.


   
Llegamos al elevador que sube hacia el Castillo de San Jorge, pero no permiten el acceso con Mila, así que no queda otra que subir a pie por las escaleras. Poco a poco, sin prisas, nos vamos deteniendo en varios miradores.

 Las vistas son espectaculares: el Tajo brillando al fondo, los tejados rojizos y los tranvías serpenteando entre las calles.

Mila agradece cada sombra y cada fuente de agua; agosto aprieta, pero la temperatura es sorprendentemente agradable.



Castillo de San Jorge: historia en lo alto de Lisboa

El Castillo de San Jorge es uno de los grandes símbolos de la ciudad. Situado en la colina más alta, sus orígenes se remontan a la época romana, aunque fueron los musulmanes quienes levantaron gran parte de la fortificación en el siglo XI. 
 Tras la reconquista cristiana en 1147, el castillo se convirtió durante siglos en residencia real.
Hoy es un lugar ideal para pasear con calma, recorrer murallas y disfrutar de una de las mejores panorámicas de Lisboa. Entre torres, restos arqueológicos y pavos reales paseando libremente, se siente la historia bajo los pies.

Consejo práctico: recomendamos comprar la entrada del Castillo de San Jorge por internet. En la calle se forman largas colas para acceder, especialmente en verano. Al menos en agosto, cuando lo visitamos nosotros, la espera era considerable y llevar la entrada anticipada ahorra mucho tiempo y calor.

A las afueras del Castillo de San Jorge, en Lisboa, nos llevamos una sorpresa inesperada: cisnes caminando tranquilamente por la calle. Se cruzaron con nosotras y durante unos segundos vivimos un momento de auténtica tensión viajera entre nuestra perrita Mila y los cisnes. Una de esas anécdotas que solo pasan cuando viajas… y que no se olvidan.



Fado, iglesias y miradores con vistas al Tajo

De bajada, el sonido del fado se cuela por algunas calles. Nos encontramos con artistas callejeros cantando, a veces acompañados por una guitarra, interpretando fados que se escuchan con el alma.

Es una experiencia difícil de describir: una gozada y, al mismo tiempo, profundamente triste, llena de saudade como allí lo llaman  (una mezcla de nostalgia, melancolía y anhelo) .

Escucharlo de forma espontánea, saliendo de una ventana o de un pequeño local, es sin duda una de las vivencias más auténticas que se pueden tener en Lisboa.

Llegamos a la Iglesia de San Vicente de Fora
La Iglesia de San Vicente de Fora, un imponente edificio ligado a la historia de la monarquía portuguesa.
Continuamos hasta el Panteón Nacional .
El Panteón Nacional , donde reposan grandes figuras del país. Su cúpula blanca destaca desde muchos puntos de la ciudad.
Muy cerca se encuentra el Mirador de Portas do Sol .
 El Mirador de Portas do Sol . Desde aquí las vistas se abren hacia el Tajo, con enormes trasatlánticos pasando lentamente y el barrio de Alfama extendiéndose a nuestros pies.
El Mirador de Portas do Sol, uno de los más famosos.

A pocos pasos aparece el Mirador de Santa Lucía, más pequeño pero con muchísimo ambiente: músicos callejeros, viajeros sentados en los bancos y azulejos tradicionales decorando los muros. 


Es uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse.



Tranvías, catedral y final del día

De camino nos hacemos fotos en uno de los elevadores históricos, auténticos símbolos de la ciudad .

Y  por supuesto con los tranvías amarillos, que pasan rozándonos por calles imposibles.

Mila posa paciente mientras Lisboa sigue su ritmo alrededor.
Llegamos finalmente a la Catedral de Lisboa (la Sé), el templo más antiguo de la ciudad. 


El interior de la Sé de Lisboa es sencillo y silencioso, con un aire de fortaleza medieval. 
Un espacio sobrio y cargado de historia que invita a detenerse y observar con calma.
Para cerrar el día en Lisboa, nos acercamos a la vibrante zona del puerto de Lisboa, donde se concentra una gran variedad de restaurantes en Lisboa
Frente a nosotros, el mar Atlántico se extiende hasta el horizonte, mientras imponentes cruceros y transatlánticos descansan en el puerto. Es el lugar perfecto para disfrutar de la gastronomía local, contemplar las vistas al mar y sentir la energía única de la capital portuguesa. 

Si buscas una experiencia culinaria con vistas panorámicas al puerto de Lisboa, esta zona  es imprescindible en tu viaje.

Para cerrar el día nos acercamos a la zona del puerto, repleta de restaurantes. Esta vez no hubo dudas ni renuncias: elegimos bacalao, pulpo y sardinas a la brasa, todo acompañado de vino local


Lisboa de noche: el mismo escenario, otra mirada

Con el estómago más que contento, decidimos volver a recorrer algunas de las zonas que ya habíamos visto durante el día, pero esta vez bajo la luz de las farolas. Lisboa cambia por completo al caer la noche: las calles se llenan de vida, los tranvías brillan entre sombras y el ambiente se vuelve más íntimo y animado. Pasear sin rumbo, escuchar música saliendo de los locales y mezclarnos con la gente fue la mejor forma de conocer el lado nocturno de la ciudad y cerrar un primer día perfecto en Lisboa.

Así termina nuestro primer día en Lisboa, intenso, caminando mucho y descubriendo una ciudad que se vive mejor despacio… y en familia.




Si te ha gustado este recorrido por el corazón histórico de Lisboa, no te pierdas nuestro Día 2, donde exploramos Belém, el Tajo y la Lisboa más moderna, siempre en familia y con nuestra perrita Mila.

👉 Continúa la ruta aquí: Día 2 en Lisboa

https://elpata-rutas.blogspot.com/2026/01/descubre-lisboa-en-familia-y-pet.html










! Buen viaje siempre ! 










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